martes, 30 de junio de 2009

CHARLIE, EL AGENTE.

Eran las diez de la noche. Hospitalet estaba iluminada. Iba de camino a casa cuando un policía me dio el alto.

-Bona nit.
-Buenas noches. ¿Qué necesita?
-Su permiso de circulación.
El mosso revisó mis datos.

-Ángela, dígame la verdad ¿Ha bebido usted?
Me encontraba de pie junto a la moto
-Negativo señor agente, no he tomado ni una sola gota de alcohol. Créame, le estoy siendo franca.
-¿Ha consumido algún tipo de estupefacientes señora Ángela?
-Afirmativo señor agente…pero si fuera tan amable de no volver a dirigirse a mí como “señora”, aunque puede seguir tratándome de usted.
-De acuerdo, es justo. Dígame, ha consumido cannabis… ¿puedo llamarla señorita?
-He consumido hierba señor agente. Y no, preferiría que siguiera tratándome de usted sin utilizar ninguno de esos términos como “señora” o “señorita” ¿Acaso le gustaría que yo le llamase de otro modo…
-Romeo a Charlie. ¿Todo bien?
Su radio comenzó a funcionar, era su compañero de trabajo que estaba en el coche.

-…Charlie por ejemplo?
-Aquí Charlie, todo bien Romeo, todo bien.
Me miró a los ojos, separó los labios de la radio y se dirigió a mí nuevamente:
-Ahora no recuerdo lo que tenía que decirle…
-Tienes que decir “cierro”, Charlie. Cierro.
El agente se giró y me dio la espalda:
-Oh, vamos tío, que no estoy intentando ligar con ella. No utilices ahora el TEL (técnica eficaz de ligoteo) Y no vuelvas a decirme “cierro”, ya me ha quedado claro. Cierro.

Volvió a girarse y nuevamente le tenía dándome la cara:
-Disculpe a mi compañero, hoy es su primer día y está emocionadísimo. Pero creo que tendrá que darme todo lo que lleve Ángela. Y también la póliza del seguro y su DNI si es tan amable. Le recuerdo que conducir bajo los efectos psicotrópicos de las drogas también está penalizado.
-Con mucho gusto señor agente. Aquí tiene mi DNI y… un momento que tengo el seguro dentro de la moto…-cogí la llave y abrí el asiento.- Aquí tiene la póliza.

Con un walki-talki diferente del que había utilizado para hablar con su compañero, comprobó los datos que le facilité.
-¿Todo bien Charlie? –pregunté.
-Todo está correcto. Ángela, tendrá usted que darme la marihuana que lleve encima, sino tendré que llamar a una compañera para que la registre.
-No creo que sea necesario llegar a tales extremos Charlie. Muy gustosamente le voy a enseñar qué es lo que llevo encima y podrá usted juzgar, sin necesidad de más agentes policiales, de que, lo que ahora mismo llevo es tan miserable que no valdrá la pena tirarla al suelo, ni multarme por ello. Créame, le estoy siendo franca.

Charlie se me quedó mirando curioso, sabía que iba a hacer todo lo que él dijera, pero que al final, acabaría haciendo lo que yo quisiese.
-Creía haberla recompensado ya por su franqueza.
-Es cierto. Recuerdo que así lo hizo. Pero no me ha recompensado por llevar todos los papeles en norma Charlie. –Metí la mano en mi pequeña riñonera y, le mostré la bolsita de 20gramos de marihuana en el que sólo quedaban restos.-Mire, esto es todo lo que tengo.
-He de decirle Ángela, que cada vez son más los conductores que tienen todos sus papeles en regla, así que, esa excusa, además de abusada, no me sirve.-Cogió la bolsa por una esquina ayudado por el índice y el pulgar. Sacó de su cinturón una pequeña linterna y expuso la bolsa a la luz. – Es cierto, hay realmente muy poco. Aún así, podría multarla simplemente por el hecho de conducir bajo sus efectos. ¿Lo sabe verdad?
-Sí sí, lo sé, lo tengo presente. Pero creo que, es tan poco lo que he consumido, que no me ha hecho perder mi intelecto, sino examine, seguro que mi conversación es la más interesante de toda la noche. Y aunque es su deber multarme, sabe que le estoy diciendo la verdad, le he caído bien y no quiere hacerlo.

Fue la primera vez en toda la conversación que Charlie, el agente, sonrió. Relajó su semblante y su cara era mucho más tierna de lo que daba a mostrar bajo esa fachada de policía implacable. Continué hablando:
-Además, ya habrá comprobado que vivo al cruzar el puente. Sólo me separan de mi casa trescientos metros. Algo menos quizás.
Charlie se quedó pensando. Miró el puente y me miró a mí.
-Está bien Ángela. Ha sido usted honesta conmigo. No ha tratado de engañarme en ningún momento, se ha mostrado dispuesta a colaborar en todo lo que le he pedido, tiene pagado hasta el impuesto de circulación y su moto ha pasado la ITV. No tiene las luces fundidas y los retrovisores mantienen sus espejos, llevaba el casco, circulaba a una velocidad adecuada a la ciudad y todos sus datos son correctos. Soy consciente de que vive muy cerca de aquí, sólo ha de cruzar el puente y es todo recto, que no ha consumido grandes cantidades de cannabis: 1. porque no le queda y 2 porque no veo dañado su intelecto ni sus funciones fisiológicas.–Puso sus brazos en jarras alrededor de su cintura y se acercó intimidatoriamente hacia mí: Conozco el barrio donde vive, mi compañero y yo controlamos esta zona. Reconoceré su moto, que seguramente estará aparcada en la zona habilitada para ciclomotores y no en la acera para los viandantes ¿verdad?
-Desde esta misma noche podrá encontrarla allí Charlie.
Muy a su pesar y a regañadientes, metió la bolsita con los restos que quedaba de marihuana entre los papeles que había requerido anteriormente para identificarme.

-Muy bien Ángela, le devuelvo entonces toda su documentación y la dejo marchar si me promete que no volverá a conducir bajo los efectos secundarios de la marihuana. Y no crea que no nos volveremos a ver más. Me voy a fijar mucho mejor, ahora que la conozco y he mantenido unas palabras con usted.
- Muchas gracias Charlie. Ha sido muy amable conmigo, además de justo. Le prometo que no volverá a suceder. Y sí, la verdad es que espero que nos volvamos a ver, ya que sabe donde vivo. Hasta aquí sigo siéndole franca.

Guardé todos los documentos, me puse el casco y subí a la moto. Hice contacto con la llave y puse el intermitente para incorporarme al tráfico, cuando Charlie me tocó en el hombro:
-Por cierto... Ángela, mi nombre… me llamo Joan. Y me gustaría poder llamarte un día… si tú quieres claro.
Apagué el motor y me quité el casco:
-Vaya… esto sí que no me lo esperaba. –Sonreí complacida.- …Joan… ¡Sí! Me parece una gran idea, podríamos dar un paseo una de estas tares tan agradables de verano.
Le di mi número de teléfono y se lo anotó en su móvil algo ruborizado.
-Bueno…tengo que seguir trabajando. Conduce con mucho cuidado. Espera, que te facilito la incorporación.
Salió a la carretera con el silbato en la boca. Pitó a un conductor solitario que conducía y le dio el alto. Se giró hacía mí, me guiñó un ojo y me cedió el paso.

No podía creerme lo que me acababa de suceder, no sólo me había librado de una multa, o de perder algún punto en el carné de conducir, además me había devuelto la marihuana y me había pedido mi número de teléfono.
Pasé por delante del coche patrulla de su compañero, y mientras conducía miré por mi espejo retrovisor reglamentario para echarle un último vistazo a Joan. Me había caído muy bien, y además era muy guapo. Fijé la vista en la carretera, un vehículo conducía a una gran velocidad por el carril contrario, intenté maniobrar para zafarme del impacto, pero fue demasiado tarde y la colisión fue inminente.


lunes, 29 de junio de 2009

MEMORIAS DE CLEOPATRA: TOLOMEO XIII VS CLEOPATRA VII (I)

Continuación de Memorias de Cleopatra: Tolomeo XII

Treinta días después de la muerte de Tolomeo XII (Auletes), Cleopatra VII, fue coronada en Alejandría y Memphis reina de Egipto, a pesar de que su boda con su hermano Tolomeo XIII, aún no se había celebrado.

Cleopatra Filopátor, "La que ama a su padre", así se había hecho llamar en Egipto en honor a su difunto padre Auletes, que a pesar de tener dieciocho años recién cumplidos dirigía el reino de Egipto con soberana altitud, obedeciendo las leyes romanas, por lo que el pueblo egipcio la llamaban "La amante de los romanos" y "la esclava de Roma" ¡Que se vaya!, decían.


Cleopatra lo tuvo realmente difícil gobernar en Egipto. Pompeyo desafió a Julio César, según el testamento que había dejado Tolomeo XII, la reina y el rey de Egipto, estaban obligados a ayudar a Pompeyo bajo cualquier circunstancia, así que le dieron lo que pedía: sesenta barcos junto con un centenar de hombres para la batalla, por lo que terminaron sirviendo a Roma y los rumores de "La amante de los romanos" no hicieron más que ir en aumento.

Por si fuera poco, la última crecida del Nilo no había alcanzado el nivel requerido, y la consecuencia inevitable fue la escasez de alimentos. Cleopatra dio órdenes de que se racionaran los cereales del año anterior, pero no fue suficiente y la gente se moría de hambre. En Alejandría estallaron los disturbios y en la campiña había amenazas de sublevación.


Cleopatra decidió embarcarse Nilo arriba con Mardo (ante todo amigo de la infancia de Cleopatra, escriba y administrador principal de la Casa Real) para ver cuán era la escasez de alimentos en todo el reino hasta Hermontis, a unos diez días de Alejandría.

En Hermontis, se celebraron grandes festejos por la llegada de la Reina de Egipto a la pequeña ciudad. Se reunió con los sacerdotes del Templo de Hermontis, cenaron, charlaron y prometió limpiar los canales para que la próxima riada del Nilo fuese mejor.

Aquella misma noche, una carta de Palacio llegó a las manos de Cleopatra. La Reina Cleopatra VII Filopátor, había sido derrocada del reino Egipcio por su hermano Tolomeo XIII.

La noticia no la cogió desprevenida, pues, si habían traicionado a su propio padre, porqué no lo iban a hacer con ella. Trazó un plan que comentó con Mardo y el sacerdote. Pasaron la noche allí y por la mañana temprano abandonarían Egipto y navegarían hasta Gaza. El sacerdote de Mermontis le ofreció a Cleopatra su mejor sirvienta: Iras, como ofrenda de despedida para que le ayudase en todo lo necesario y para que no olvidara su promesa de limpiar los canales del Nilo.

Enseguida se corrió la voz de que la reina Cleopatra estaba reuniendo un ejército.


Una vez en Gaza, la suerte de Cleopatra no mejoró. Contaba con un ejército de diez mil hombres sí, pero su hermano Tolomeo contaba con las tropas y las antiguas legiones de Gabinio, junto con un considerable número de soldados egipcios y árabes. Tampoco podían atacar Alejandría por mar, ya que habían cerrado el puerto con cadenas bajo el agua y una flota lo protegía.

Llevaban ya dos meses en el desierto, en la frontera con Egipto esperando poder atacar. Una noche en la que Cleopatra no conseguía conciliar el sueño, Mardo se presentó en su tienda de campaña para darle a su reina y amiga una mala noticia: Su hermano Tolomeo había matado a Pompeyo.

Pompeyo y Julio César, se habían enfrentado en la batalla de Farsalia, Grecia. César había ganado la batalla, pero Pompeyo y algunos hombres consiguieron escapar salvando la vida y volviendo a Egipto, donde tenían la obligación de ofrecerle apoyo en sus operaciones. Pero Pompeyo fue asesinado por Aquilas mientras lo acercaban en una embarcación de remos hasta la orilla. Fue apuñalado y decapitado.

El asesinato de Pompeyo se cometió (barriendo para casa) con la intención de librarse de él, para que Julio César no pusiera los pies en Egipto y así no perder los poderes de Tolomeo como rey. Pero César no quería dejar escapar a Pompeyo así como así y le persiguió hasta Alejandría, cuando Aquiles le ofreció la cabeza de Pompeyo y su anillo confiando en ganarse el favor de César, éste lloró, enfureció y castigó a Aquiles.

Cleopatra, desconcertada, preguntó donde estaba ahora Julio César y Mardo le contestó que vivía en su Palacio Real junto con su hermano Tolomeo, el cual había perdido los poderes como rey de Egipto hasta que su hermana, la reina Cleopatra volviera al reino.


Cleopatra, sabía que si salía del campamento, igualmente la apresarían y la llevarían a Palacio como prisionera, y ella no estaba dispuesta a pasar por eso. Pasaron dos semanas, pensando y calculando la manera de poder llegar a Palacio sin arriesgar su vida entre canales subterráneos y malolientes, hasta que en una tormenta de arena, cubierta toda ella por una alfombra, encontró la solución. Viajaría a Palacio enrollada en una alfombra como presente a Cayo Julio César.








Julio César no se mostró sorprendido al ver a Cleopatra dentro del Palacio Real, pero sí le sorprendió la astucia con la que llegó. Aquella misma noche, ambos quedaron prendados el uno del otro y se entregaron en cuerpo sobre el lecho de la reina.

PINTURA: JEAN-LEON GEROME

RESUMEN DE: MEMORIAS DE CLEOPATRA I-LA REINA DEL NILO. MARGARET GEORGE

viernes, 12 de junio de 2009

PALITOS DE PAN Y CHICLES DE CLOROFILA


Aquella tarde jodimos y discutimos. Yo lo hubiese preferido a la inversa, ya que siempre dejo lo bueno para el final, pero aquella tarde salió así.

-Es que no entiendo por qué tiene que estar enviándote mensajes la tía esa. Parece que intuya cuando estamos follando.
-Bueno Carmela, es que son las tres y media de la tarde, después de comer, y a esta hora sólo se puede estar haciendo tres cosas: o se está echando la siesta o se está jodiendo.


Miró hacía la pared un instante, con la vista puesta en punto muerto y sin mover la cabeza.

-¿Y la tercera? Has dicho que sólo se pueden hacer tres cosas después de comer, pero has enumerado dos.
-¡Vaya, esto sí que es sorprendente! Tú eres la reina de la tercera cosa: El nuevo empuja al viejo.
-Mira Jose, no me cambies de tema. ¿Se puede saber qué hace ella con tu número de móvil?
-Carmela cariño, eso ya te lo he explicado un montón de veces: me deja aparcar en su zona de carga y descarga hasta que viene el camión y luego me llama para que lo retire, así no pago zona azul ni parking.
-¿Y qué le das tú a ella para que siempre te tenga que estar regalando palitos de pan integral con sésamo?
-Las gracias, siempre le doy las gracias y tú deberías hacer lo mismo, porque gracias a los palitos de esa mujer vas como un reloj al lavabo y te levantas de buen humor.

Estábamos aún en la cama, yo la escuchaba tumbado de lado mientras me sostenía la cabeza con una mano, las sábanas aún pegadas a mis genitales.
Ella estaba desnuda de piernas cruzadas, mirándome así, muy seria; pero yo no podía dejar de mirarle la entrepierna, con el brillo de nuestros fluidos pegados en la parte interna del muslo. Alargué la mano libre hasta uno de sus pechos y lo sopesé, su tacto me gustó y se amoldó fácilmente a mi mano, como si tuviera efecto memoria.
Me arrastré por la cama como un gusano, e intenté, sin éxito, atraerla hacía mí, seguí estirándome hasta llegar a ella y meterle la cabeza entre sus piernas.

Sólo pude darle un lametazo entre sus labios inferiores y en mi lengua se mezclaron dos tipos de sabores. El primero era algo más espeso, agrio y amargo, que supuse ser yo, mientras que en su parte final se quedó el dulce y el salado de ella, cuando sonó el despertador marcando las cuatro de la tarde.

-Tengo que irme zorra. -le dije dándole una palmada en el culo y besándola.-Sino llegaré tarde.
-Te lavarás los dientes antes de irte ¿no?
-No, pienso quedarme toda la tarde con tu sabor en mi boca.
-No digas tonterías. Espera, tengo chicles en el bolso.

Salió de la habitación al salón tal y como estaba, sin reparar un minuto en que algún vecino estuviera asomado a la ventana y pudiera verla. Mientras vaciaba su bolso en el sofá, me vestí y fui a sentarme con ella para anudarme los zapatos.
-Toma, de clorofila, así te refrescará la boca.
Cogí el chicle y me lo metí en el bolsillo.
-Odio los chicles de menta. ¡Lo sabes! Nunca me compras chicles de fresa ácida.
-Porque luego nunca los usas, y tengo que terminar comiéndomelos yo y el sabor de la fresa desaparece muy pronto.
-Pues por eso mismo nunca me compro chicles, además, ya tengo a María la panadera, que siempre me regala palitos de pan con sésamo, que no sólo engaña el hambre, sino que lo fulmina.
-Así que te gustan los palitos de pan. Pues mira si tienes palitos. ¿Quieres palitos? ¡Toma palito de pan malita sea! ¡Toma, toma, toma...!

Siguió tirándome palitos de pan hasta que salí por la puerta. Me quedé un rato en la escalera hasta que paró de maldecidme. Metí la llave en la cerradura y asomé la cabeza por la puerta. En el salón todos los palitos de pan estaban tirados por el suelo y apareció Carmela con la escoba y el recogedor:

-¿Qué quieres ahora?
-Te cambio el chicle por un palito.
- ¡Desaparece de mi vista! ¡Vete de aquí ahora mismo!
-Te quiero tonta. -Y le solté un beso mostrándole el chicle en la boca.

lunes, 9 de febrero de 2009

DEL ABANDONO


Cuado ya no se sabe porqué se está luchando, ni tan si quiera, si vale la pena seguir batallando por contados ratitos de afecto. Cuando se pierde la esperanza en el otro y nos embarga la derrota permanente. Cuando la desesperación y el cansancio provocan un vacío etéreo, aparece el abandono.
No existen palabras para ese momento, no nos sirven hechos pasados que ni la memoria recuerda, se desechan a la papelera de reciclaje promesas bienaventuradas, recuerdos cuarteados por el tiempo, fotografías y viejos momentos que llenaron de felicidad una época, que ya termina.
Uno frente al otro se miraron a los ojos por última vez. En sus pupilas, decepción, fracaso y negación; en los de ella, añoranza, perdón y abandono. No supieron qué decirse en los instantes finales, las conversaciones, abiertas hasta altas horas de la madrugada, se anularon por la desidia, y la climatología era un tema muy abusado.
Abrieron sus bocas y exprimieron la última gota de cariño que les quedaba, lleno de residuos de reproches, discursiones, enfrentamientos y compasión. El último beso, el del final.
De los dos, sólo uno se giró para mirar atrás y despedirse con un musitado adiós, que le resquebrajaba la garganta y se enlazaba a un llanto débil que asomaba en su mirada. Lo que vieron sus ojos, entre bancos de agua salada no calmó su angustia, los grilletes que ambos se habían impuesto, ahora se desvanecían de sus tobillos proporcionándoles la libertad, alejándose un metro más sin arrepentirse ni echar la vista al otro.
Y sintió que su foco de luz se apagaba, que la sangre se cristalizaba, se secaban fluídos corporales, se astillaron huesos y se entumecieron músculos, todos sus órganos vitales comenzaron a fallar, y mientras moría, claramente de amor, nadie supo darse cuenta de lo peligroso de aquella despedida entre dos.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

LOS 300 PUNTOS DE AHGELA EN LA WII !!

Esto ha sido gracias a ti Jaume.

viernes, 12 de diciembre de 2008

UN MAL DÍA



Hay días en los que el silencio llega a ser ensordecedor aún habiendo bullicio a tu alrededor, pero tu cabeza parece estar insonorizada. El silencio puede llegar a reventarte los tímpanos, cuando ves a las personas que te rodean articular palabras y el sonido sin salir de sus gargantas.
La habitación puede cobrar vida propia, y girar y girar sin parar. Alguien se levanta de su asiento y coge una cerveza de la nevera, te preguntan algo, no sabes muy bien el qué, su boca no ha emitido sonido alguno. Asientes y sonríes delicadamente.
Unos te mienten en la cara, te sueltan cosas que no se creen ni ellos, pero el problema está en cuando crees que esa persona se está creyendo tu bulo y resultas ser tú el engañado. Otros fuman y aparentan estar allí con los demás, pero su mirada está vacía, no tiene ojos para verte. Hay quien ríe abiertamente y su risa te contagia algo, aunque no sabes el qué, porque es muy difícil reír cuando se llora por dentro amargamente.

Y mirando bien y a tu alrededor, te das cuenta de que todos son grandes actores interpretándo su papel a la perfección, tal y como reza el guión; y la actuación puede llegar a ser perfecta si nadie decide improvisar, porque, uno no sabe qué hacer cuando alguien se salta el texto. La comedia puede llegar a convertirse en tragedia.
Pero hoy no estás para estrenos, ni teatros, ni películas de serie B, porque el eco del silencio resuena estridente en tu cabeza. Debes de salir de allí, cuanto antes.

- Voy a por unas birras ¿alguien quiere algo?
- ¡Tráete un camello!
- Si, y papel que nos quedamos sin.
- Y unas patatas, o unos donettes, lo que sea, que por aquí hay gusa. -Dice alguien alzando la mano y señalando con el dedo las cabezas de los que están sentados en el sofá.
Asientes y sonríes, delicadamente.
- Ahora vuelvo.
- ¡Eh tía! Que te dejas la pasta ¿O piensas invitar tú?
Niegas, coges el dinero, sonríes delicadamente.
Abres la boca para para decir lo dicho anteriormente: "Ahora vuelvo" pero te callas y lo que abres es la puerta.

Una vez en la calle todo en tu cabeza parece estar igual o peor. Ni el viento, ni el frío, ni las luces de la calle, ni el ruido, son capaces de sacarte del ensimismamiento en el que estás metida. Con las manos metidas en los bolsillos del pantalón echas a andar, con una piedra por toda compañía, a la que vas dando pequeños toques con tus deportivas nuevas. Caes en la cuenta y te paras en seco. Deportivas nuevas, de última generación, de marca para ser igual de imbécil que los demás y bien chulas para que la gente te diga: ¡Eh, como molan tus bambas! Creas, ¿respeto? ¿afecto? ¿personalidad? ¿envidia? ser... ¿gilipollas de remate? Pero sigues siendo tú, aunque con deportivas nuevas de última generación, de marca y bien chulas.

Te guias hasta el coche, tal vez no sea un buen momento para conducir, no por la ciudad, sí por un polígono. Rumbo al polígono. Y es lo que tienen los polígonos industriales por la noche, puedes correr un poco más, no hay semáforos y escasea el tráfico. Puedes poner la música tan alta como te apetezca, puedes gritar mientras cantas y nadie te mira como si estuvieras loca, descargar adrenalina hasta vaciar el depósito y el tiempo parece... ¡Mierda el tiempo!
Casi sin arte cuenta llevas más de dos horas conduciendo y pegando berridos dentro del coche. Miras la hora, las once y media. Menos mal que la gasolinera siempre está abierta.
- Buenas noches, me pones seis estrellas y ...
- ¿Y...?
- Un momento por favor, que no lo recuerdo.
La dependienta suspira, pero se levanta para coger las cervezas de la nevera. Aprovechas y coges el móvil de la chaqueta. Quince llamadas perdidas. Cara de asombro y piensas: menos mal que lo tenía en silencio.
- Oye, que me he despistado hablando con un amigo que me he encontrado por la calle. ¿Qué me habíais pedido que no lo recuerdo? -¿Se tragarán el engaño? piensas. Por lo menos no me he salido del papel.
- Nos tenías preocupados tía, llevas más de dos horas fuera. ¿Estás bien no?
- Sí, sí, siento haberos preocupado, pero tenía el móvil en silencio... bueno, qué era lo que tenía que llevar.
- Eh.. sí, haber era... un camello
- ¡Y un Winston! -Se escuchó de fondo.
- Sí, un camello, un Winston, papel, que no se te olvide tía y comida, en abundancia ahora, que todos tenemos hambre.
- Vale, vale, pues ya voy.
- Venga, no te líes.

Dirigiéndote a la dependienta, sacudes la cabeza en forma de despiste, sonríes señalando el móvil y le sueltas la lista.
- Y me pones también un paquete de chimos y regaliz de fresa.
- ¿Cuántos?
- Dame el bote.
- ¿Cómo?
- Once, que me des once.
La dependienta te mira con mala cara y vuelves a sonreír.
- ¿Tienes pizzas?
- ...Seh...
- Pues ponme un par de atún y beicon y otras dos de queso.
- Veintidós con quince maja.
- Aquí tiene, buenas noches.

Aparcas, suspiras y te vas al pub que hay calle abajo para comprar el tabaco y lo demás ya os lo podéis imaginar. La cena, jugar unas partidas a los bolos, con suerte echas unas cartas, unas risas, fumar hasta partirte el pecho y tomar unas copas.
Tres horas después la gente se va y vuelve el silencio, atronador, ya ni te sorprendes, lleva siendo así toda la noche. Apagas luces, te enfundas el pijama y te metes en la cama. Cierras los ojos y el silencio desaparece. Miles de voces en tu cabeza preocupadas por infinidad de cosas. Queda noche para largo.
El dinero, el trabajo, la hipoteca, el préstamo, la política, la crisis, cambiarle las pastillas de freno al coche, pintar el techo, me quiere no me quiere, qué harás cuando mamá falte un día, si hay algo más allá, si hay algo más acá, qué puedes hacer para mejorar, qué bonitas que son las bambas, mañana me toca limpiar la casa, qué demonios te ha pasado esta noche, el lunes tengo que ir al banco, la contestación que te ha dado fulanito, cómo te gustaría estar en el pueblo, o tal vez en Miami, o en Las Vegas, de vuelta al dinero, el trabajo, la hipoteca, el préstamo....

jueves, 11 de diciembre de 2008

UNA OBRA DE ARTE



- Mujer, ¿porqué te cubres con esos ropajes?
- Mi señor, usted me mira tan fijamente, que provoca mi sonrojo, y mi cuerpo no es...
- Su cuerpo, su cuerpo es bello, tanto o más como su rostro. Un bello cuerpo, un cuerpo hermoso. La belleza de la mujer, su fragilidad desnuda, es maravillosa. - Se puso detrás de ella y cogiéndola de los hombros la presentó frente al espejo y le dijo: ¡Vos sois una obra de arte! ¿Alguien le dijo lo contrario?
Con las mejillas encendidas, dio media vuelta para escrutar los ojos de aquel hombre, que le recitaba tan bellas palabras.
- Nunca nadie me había dicho cosa semejante.
- ¡No me lo puedo creer! -apuntó llevandose las manos a la cabeza ante el asombro.- No debe ser cierto lo que oigo, aunque si es su boca la que habla, nunca más volveré a dudar de ella. Mi señora, ¡perdámosle el miedo a la desnudez! Mire mi cuerpo, ¿cree que es perfecto?
Sin tan siquiera mirarle, la dama preguntó: ¿Acaso vos no sois una obra de arte?
- ¿Yo? ¿Con tremena panza? -Rió sosteniéndose el estómago con las dos manos- No mi señora, sin embargo vos, me muestra sus nalgas en el espejo haciéndome morir por ellas. Pero siendo sinceros, Milady, sé que usted se muere de ganas por pellizcar mi oronda panza. -la cogió de una mano y mirándola a los ojos la besó en el dorso.- y yo muero de ganas de morderle las caderas.

Siguió besándola brazo arriba, hasta llega a sus hombros y su cuello, y sus labios rodaron por su piel hasta perderse. Con una mano, bajó por su espalda hasta llegar a sus nalgas, las cual apretó con ganas, pero sus manos fueron más alla, le acarició el vientre, y palpó su vagina, estimuló su clitorís hasta que sus fluídos bañaron su mano.
-Apoyese en la pared, no vaya a ser que le flaqueen las piernas.

Besó su pechos y le mordió las caderas y la cintura, acarició su pelvis y besó sus muslos por dentro. Introdujo un par de dedos en su sexo y ella le arañó los hombros. Sorbió su clítoris suavemente, su boca acariciaba su vagina, recorriendo sus labios sin prisas con la punta de la lengua y sumergiéndola en lo más profundo de su ser, haciéndola sentir deseada, poderosa, realizada.
La degustó, bebió de ella hasta saciar su sed, hasta que su miembro viril estuvo en todo su cénit, y cogiéndola de las nalgas la aupó apoyada en la pared, y la fué bajando lento, despacio, adentrandose poco a poco, y una vez dentro, sujetándola de las caderas se introdujo en ella hasta el final. No corria aire entre ellos, sus suspiros se entremezclaron frente a sus bocas, el besándole el cuello, ella agarrándose a su cabello, él mordiéndole los pechos, ella arañándole la espalda.
Pero las piernas que flaquearon, no fueron las de su señora, por lo que el caballero se apresuró a buscar una silla. Cubriéndole la espalda con el brazo entero desde las costillas hasta su ano, consiguió llevásela consigo hasta la silla de detrás del biombo, dónde relajó sus muslos por el peso de su señora y abrió sus piernas.
Ella apoyó sus manos en las rodillas del caballero y entrelazó sus piernas a las patas traseras de la silla, echando la espalda hacia atrás mientras él, atraía con fuerza su cintura, más y más fuerte, con más y más ganas, delirantes, completamente locos, extasiados. El caballero cerró las piernas y ella se irguió dejándole los pechos a la altura de su cara, paseo su nariz entre pecho y pecho, pequeñas gotas de sudor le cubrian la frente, ella no hacía más que botar y saltar encima de él, dejándole sin espacio para respirar. Su caballero no midió la fuerza y le mordió un pezón demasiado fuerte, pero hasta ese pequeño dolor le pareció exquisito.
La apartó de sí bruscamente y la puso de rodillas en la alfombra frente a sus genitales, sin dudarlo ni un momento, le lamió los testículos desde el final, rodeándolos con la lengua, hasta llegar a su pene eréctil, duro como una roca y enrojecido por la fricción, suministrándole un alivio instántaneo con su saliva, lo justo para darle la vuelta y proseguir la marcha.

Las trompetas de palacio anunciaban la llegada del rey después de su día de caza. El tiempo se les agotaba, pronto llegaría el rey a la alcoba para enseñar a su señora, que aún estaba en plena forma y mostrarle las perdices que habían conseguido para la cena.
Se dieron prisa, cubrió en saliva los dedos indice y corazón y le estimuló el clítoris mientras la emprendía fuerte contra su señora. Estando a punto del desmaye, un hormigueo la recorrió desde su útero, subiendo por su estómago y sus pechos y alojándose en su garganta. Nunca en su vida había experimentado una sensación igual, su cuerpo estallaba de placer, más y más su cuerpo iba liberándo todo su amor por su vagina. El caballero la embistió por última vez, la tiró del cabello hacia atrás y mientras la besaba en la boca, eyaculó hasta tres veces dentro de ella. Se dió el gustazo de morderle en el hombro derecho y luego sacudió su nariz en su cuello. La miró, la besó una vez más en el bajo vientre, cogió su ropa y escapó por la parte de atrás de la habitación.

Sin más tiempo que el de ponerse el camisón real, el rey entró por la puerta principal de la alcoba y llamó a su esposa.
- Mi reina, mirad que os traigo para la cena de esta noche, ocho perdices de gran tamaño, hoy hasta los sirvientes cenarán perdices y mandaré llamar a mi caballero real para que lo deguste con nosotros, ya que hoy se ha tenido que ausentar por problemas familiares. Creo que su madre no goza de un buen estado de salud. ¿Qué os parece? - Le dijo mostrandole la caza.
Pensativa le contestó:
- Una obra de arte mi señor. Una verdadera obra de arte.