sábado, 19 de julio de 2008

A LA PLATJA / EN LA PLAYA



Sis de la tarda…

-Atenció senyors banyistes, ha desaparegut un nen de set anys que es diu Ismael o Israel… Ismael, Ismael Moreno Rubio. Duu un vestit de bany verd amb ratlles blanques. No, ho sentim, les ratlles son verdes y el vestit de bany blanc. Si algú es troba, pregem ho portin a la torre de control de la Creu Roja, que tenim a la mare aquí plorant com una magdalena. (Senyora que em moja el micro, Senyora…!)
-Fill meu, on estás? Si apareixes et compraré tots els gelats que vulguis. Si, també el Calippo. Ismael torna aviat !

Dos cuart de sis….

-Atenció senyors banyistes, ha desaparegut un home de trenta-set anys (Senyora, un home de trenta-set anys no desapareix a la platja) Bé, repetim, ha desaparegut un home de trenta-set anys, molt gros, amb barba i amb ulleres de pasta negra. Porta al mateix que el nen desaparegut, uns patalons curts verds amb samarreta a joc. Pregem, els portin a la torre de control de la Creu Roja. Moltes Gracies.

Set de la tarda…

-Atenció senyors banyistes, més caldría que avui no haguessin vingut a la platja perque no us deixarem tranquils. es busca un gos de raça canina que caçava meduses amb la boca. Si ho veuen surant en l'aigua no s'espantin, està mort i no mossega. De totes maneres el seu amo, un gros de trenta-set anys i un nen de de set ho busquen desesperadament. Un moment, vosaltres no sou els desapareguts?

Tres cuarts de vuit…

-Atenció senyors banyistes ha desaparegut un bitllet de l´ONCE premiat amb quinze mil euros. Ara si que es mouen oi? Que poca vergonya cal tenir. Si algun ho troba… doncs per a ell. Molta sort!

Les vuit de la tarde.

Atenció senyors banyistes. Es busca al fill de puta que creia haver perdut el cupó de l'ONCE, resultant ésser tot això una broma pesada. Si ho troben rient per la platja, portin-lo a la torre de control de la Creu Roja. Que li faran falta els quinze mil euros per a posar-se la boca nova. Moltes gràcies.







Seis de la tarde ...


-Atención señores bañistas, ha desaparecido un niño de siete años que se llama Ismael o Israel... Ismael, Ismael Moreno Rubio. Lleva un bañador verde con rayas blancas. No, lo sentimos, las rayas son verdes y el bañador blanco. Si alguien lo encuentra, rogamos lo traigan a la torre de control de la Cruz Roja, que tenemos a la madre aquí llorando como una magdalena. ¡(Señora que me moja el micro, Señora...!)

-Hijo mío, ¿dónde estás? Si apareces te compraré todos los helados que quieras. Si, también el Calippo. ¡Ismael vuelve pronto!


Seis y media ...


-Atención señores bañistas, ha desaparecido un hombre de treinta y siete años (Señora, un hombre de treinta y siete años no desaparece en la playa) Bien, repetimos, ha desaparecido un hombre de treinta y siete años, muy gordo, con barba y con gafas de pasta negra. Lleva lo mismo que el niño desaparecido, unos patalones cortos verdes con camiseta a juego. Rogamos, los traigan a la torre de control de la Cruz Roja. Muchas Gracias.


Siete de la tarde ...


-Atención señores bañistas, más valdría que hoy no hubieran venido a la playa porque no os dejaremos tranquilos. Se busca un perro de raza canina que cazaba medusas con la boca. Si lo ven flotando en el agua no se asusten, está muerto y no muerde. De todas maneras su dueño, un gordo de treinta y siete años y un niño de siete lo buscan desesperadamente. ¿Un momento, vosotros no sois los desaparecidos?


Las ocho menos cuarto ...


-Atención señores bañistas ha desaparecido un billete de la ONCE premiado con quince mil euros. ¿Ahora si que se mueven eh? Que poca vergüenza hay que tener.

Si alguno lo encuentra... pues para él. ¡Mucha suerte!


Las ocho de la tarde.


-Atención señores bañistas. Se busca al hijo de puta que creía haber perdido el cupón de la ONCE, resultando ser todo eso una broma pesada. Si lo encuentran riéndo por la playa, traiganlo a la torre de control de la Cruz Roja. Que le harán falta los quince mil euros para ponerse la boca nueva. Muchas gracias.

martes, 15 de julio de 2008

REALIDAD VIRTUOSA


Estaba sentado en una silla del salón de mi amigo. Había subido para que me dejara un video juego que tenía los últimos avances en realidad virtual, cuando la puerta de la habitación de su hermana se abrió. Era una chica joven, algunos años mayor que yo, la miré de reojo, pero ella no reparó mi presencia.
Entró en el cuarto de baño dejando la puerta abierta y escuché el maravilloso tintineo de las últimas gotas de orina que caían en el agua del sanitario. No se lavó las manos, se sentó en el sofá y me echó un vistazo, luego me dijo algo que no escuché.
-¿Oye estás sordo? Pásame el mechero.
Como para escucharla. Con el calor que hacía iba en braguitas, con unas calaveras dibujadas en negro que parecían reírse de mí en mi cara y una camiseta de algodón blanca sin sujetador, con el pelo recogido en un moño. Busqué el mechero por la mesa, sin atinar muy bien a cogerlo porque me sudaban las manos y se lo pasé torpemente cayendo al suelo. Chasqueó la lengua y lo recogió.
Sacó un cigarro de la cajetilla y partió una boquilla por la parte opuesta al filtro que se escondió tras la oreja. Cogió un papel y echó la mitad del cigarro allí. De un cofre de madera que había en la mesa, sacó una plaquita de chocolate, que quemó con el mechero y mezcló con el tabaco. Yo la miraba desde la silla sin articular palabra. Abrió la boquita y sacó la lengua para untar en saliva la pega del papel. Lo hizo lentamente, recreándose en el proceso, mientras me miraba burlona. Tragué saliva y desvié la vista a la habitación de su hermano, deseando que no apareciese nunca.
La chica se encendió el porro y se acostó en el sofá, apoyando la cabeza sobre unos cojines de colores y dejando a la vista los huesos de sus caderas, sus pezones se marcaban en la camiseta con total descaro apuntando al techo.

Me había empalmado, no mucho, pero la bestia que llevaba dentro no tardaría en darse a conocer. Me miró desde el sofá y con total desprecio preguntó:
-¿Quieres darle una calada? Te veo interesado en el tema, no has dejado de mirarlo.
Yo miraba otra cosa, quise decir, pero me levanté de la silla y me senté en el sofá, mudo. Dobló las rodillas en un gesto, dejando las piernas abiertas y me pasó el porro. Echó la cabeza hacia atrás, abrió la ventana y dejó que la suave brisa le peinase la frente.
Le di un par de caladas al porro y miré directamente hacia donde tenía que mirar, al oscuro secreto que escondían sus braguitas de calaveras. Dejé, sin mucha cautela, que mis pensamientos volasen por la habitación, imaginando todo tipo de perversiones con la hermana de mi mejor amigo. No me di cuenta que ella me observaba desde la ventana.
- No me jodas, estás empalmado.
Me miré el pantalón, así era, estaba empalmadísimo, tanto, que el roce de la costura de los vaqueros me molestaba. La miré a ella y luego a sus braguitas y con más miedo que vergüenza, puse mis manos en sus rodillas. No dijo nada, así que subí por los muslos y a mitad de camino tuve que desabrocharme un botón y bajarme la cremallera del pantalón. Sus vellos eran finos, casi transparentes, me hacían cosquillas en las yemas de los dedos, eran los primeros muslos que tocaba en mi vida. Llegué a su entrepierna y la miré a los ojos mientras se relamía los labios.

Con el índice aparté las braguitas y con el pulgar las retiré del todo. El corazón me iba a estallar dentro del pecho, las pulsaciones subían cada vez más a pique de un infarto y de mi frente se desprendían pequeñas gotas de sudor. Actuaba por instinto animal, nunca había tenido un ejemplar de esos tan cerca de mí, nada más que en la pantalla de la tele. Quise sumergirme de cabeza en aquella piscina de labios redondos y finos y rescatar la perla de lo más profundo, pero en su lugar introduje el dedo anular en aquella brecha y no tardé en encontrar el camino que llevaba al placer.
El orificio era profundo, blandito, caliente y húmedo, un líquido viscoso transparente recubría las paredes de la zona. Extraje el dedo y probé su néctar, las papilas gustativas se me alteraron, estaba entre amargo y dulce, nunca había probado nada igual y me gustó. Introduje la otra mano en los calzoncillos y comencé a masturbarme. Ella sin hablar y retorciéndose en el sofá me pedía más y probé con el anular y el corazón. Ambos entraron sin problemas, pero se ve que no lo tendría que estar haciendo muy bien, pues ella con su mano me guiaba y de paso introdujo un par de dedos más.
- ¡Hermana, otra vez! ¿Se puede saber que haces?
Retiró mi mano de un manotazo y se colocó bien las bragas.
-No le enseño más de lo que pueda aprender por ahí en la calle. ¿Todos tus amigos son tan mojigatos?- Dijo partiéndome el alma en dos.
Se levantó y se llevó el porro consigo.
- Adiós chato, quizás cuando seas mayor…
- Perdona a mi hermana, aunque a ti ya te vale. Ten, este es el juego.
- ¿Eh? Ya te lo puedes quedar. Me gusta más jugar con tu hermana.

martes, 8 de julio de 2008

GEOMETRÍA


En un triángulo afectivo siempre sobra un cateto. A corto o a largo plazo, la hipotenusa acaba rechazando uno de los lados, lo que nunca sabe es si elige el correcto.

Y hay miedo. Miedo a hablar y que nuestros oídos estén atentos a todo aquello que decimos.
Miedo a que nuestra mirada distraída, se encuentre en un momento oportuno y consigamos escuchar lo que con voz no decimos, leer sin palabras, resolver problemas aritméticos o descifrar jeroglíficos ininteligibles.
Miedo a que ese momento no llegue nunca y que tú y yo muramos sin haber nacido.
Destruyendo sueños, quemando esperanzas, arrancándole la vida a la semilla para que jamás germine.
Un amor que no da lugar, que no da comienzo y que acaba prematuramente.
Mientras tanto yo, en las silenciosas noches de alcoba, sueño tus besos, imagino tus caricias, invento conversaciones, recuerdo momentos y pienso en tu cara, tu sonrisa, tus ojos, tus labios y tu pelo.
Y cada vez que nos vemos siempre lo mismo, mi boca anhelando unos besos que no llegan, mis manos, deseando crear caricias en tu cuerpo y mi corazón harto de extrañar al tuyo, que camina de la mano de otro.

He descubierto el cateto que sobra. Siempre es el mismo.

domingo, 6 de julio de 2008

VINO Y VERSOS (el desenlace)


MANUEL RUBIALES (IV)

Todo estaba oscuro, ese tipo de oscuridad que te hace perder el equilibrio y la orientación. Me quedé allí quieta, esperando a que sucediese algo. Frente a mi, una cerilla prendió y apareció Manuel Rubiales de entre la penumbra encendiéndose un cigarrillo más. Exhalando humo por la boca apagó la cerilla y la oscuridad se hizo patente. Dio una calada y sus ojos oscuros sin brillo, parecían arder en las más profundas llamas del infierno.
-Buenas noches Ángela.
Me quedé boquiabierta. ¿Cómo sabía mi nombre?
-Buenas noches señor Manuel.

Se quitó la chaqueta y unas enormes alas negras brotaban de su espalda. Me asusté tanto que me di la vuelta, pero me agarró de un brazo y me retuvo allí.

-Ellas no van a hacerte nada.-dijo batiendo las alas y acicalándoselas.

Pensé que sería un ser del inframundo, un ángel caído, tal vez un demonio aquí en la tierra, escapado de las puertas del averno. Comencé a arrepentirme de haber entrado en aquel sitio tan siniestro, de haber conocido a Carola y de haber escuchado los versos prohíbidos de aquel poeta maldito.

-No temas, no te voy a hacer nada, sólo quiero hablar un rato contigo y conocerte un poco. Dime, ¿te gusta la poesía?-Sus palabras parecían danzar dentro de su boca.

-Me gusta su poesía. –Dije sin más. El corazón me palpitaba fuerte en el pecho, temí que llegase a oír mis latidos y como si hubiese adivinado lo que pensaba soltó:
- Tranquila, no pasa nada.-Otra calada y sus ojos volvieron a aparecer en la penumbra, estaban fijos en mí. Su expresión era serena y tranquila, confiado de sí mismo. Sostenía en la mano una copa de vino que tenía mucho mejor aspecto del que me habían ofrecido a mí.
- Estoy buscando a Carola. ¿La ha visto?
- Carola… no conozco ninguna Carola.- Mintió.
Me quedé extrañada.
- Si, es la chica que estaba sentada a mi lado.
- ¿Te encuentras bien?
La verdad es que no, no me encontraba bien. Hablar a oscuras sin poderle ver el rostro al poeta maldito me ponía los pelos de punta. Me sentía intimidada y algo confusa. El calor ahí dentro era sofocante. ¿Dónde estaba?
- Toma, - Me dijo ofreciéndome la copa que llevaba entre sus manos. –Este vino te gustará mucho más y te refrescará.
Tomé un buen trago.
-Quiero contarte una historia. Hace ya alguno años, conocí a una joven que me robó el corazón con una mirada. Su sonrisa era la gloria aquí en la tierra y sus besos el vino más dulce y embriagador que haya tomado jamás. Ella juraba estar totalmente enamorada de mí y yo la creí, con esa fé ciega que se tiene de quién nunca te ha mentido y amas sin contemplaciones. -Agachó la cabeza y se peinó la perilla meditando. Se levantó de un salto y me agarró de los hombros.- Yo la quise, la quise tanto o más que a mi propia vida y ella me engañó con un mozo más joven que yo en nuestra propia cama.

Cerré los ojos, para no enfrentarme con aquella mirada oscura que me hacía estremecer. No tenía iris, todo era pupila. Una rabia interna brotaba por cada poro de su piel. Me sentí tan identificada con él que le compadecí. Mi novio también yacía con otra mujer en nuestra misma cama, supe entender el dolor que le causaba en el pecho. Pecho, noté que el pecho me ardía, que todo a mi alrededor giraba, comencé a sudar y no podía articular palabra. A pasos muy lentos quise salir de allí, pero mis piernas, como si fueran cañas de azúcar, se doblaron por las rodillas y caí al duro suelo de detrás del escenario. No podía ver nada, mi respiración era agitada y el calor me ahogaba.
Me había envenenado, aquel tipo del que me compadecía y quería entender, me había drogado y no podía ni moverme.
Manuel dio una calada a su cigarro, su cara estaba justo enfrente de la mía, quise agarrarlo por el cuello y hacer algo, pero estaba totalmente paralizaba.
Noté el roce de sus labios sobre los míos, los paseó por mis mejillas, las que antes se ruborizaron con una sola mirada, detuvo su ascendente marcha y bajó hasta el cuello, aspiró hondo, como si quisiera llevarse consigo el perfume de mi piel. Me miró a los ojos con ternura, y me besó. Un beso cálido, tierno, añorado.
-Amada mía, llevo tanto tiempo esperando tu regreso… No quise hacerte daño, tú lo sabes, pero aquella noche me pudieron los nervios. Siento tanto todo el daño, todo el dolor… Pero eso ya no importa, has vuelto y estás aquí conmigo. Ahora duerme, tranquila, yo te protejo.
Los párpados me pesaban, los músculos me pesaban, mi cuerpo entero pesaba. Me rendí al agotamiento y me quedé dormida.

Desperté con mil agujas clavadas en mi retina, me dolía la cabeza y sentía la boca amarga. Unas arcadas me subieron por la garganta y me di la vuelta hacia un lado de la cama donde había un cubo de hojalata preparado para tal uso. Vomité sin saber muy bien qué, hasta que me encontré mucho mejor. Estaba en una habitación desconocida, tendida en una cama grande con velos de color carmesí y candelabros encendidos por toda la estancia. Quise levantarme, pero aún tenía mareos, así que me incorporé en la cama y volví a vomitar.
-Se te pasará, aunque es posible que durante unos días te siga doliendo la cabeza.- Dijo una voz desde el otro lado de la estancia.- Te he traído una taza de caldo de pollo con avecrem, tómatela ahora que está caliente, te hará bien al estómago.
Esa voz, esa profunda voz que parecía remover la tierra me era familiar. Dio un paso al frente e iluminado por las velas que me acompañaban pude verle el rostro a Manuel Rubiales. Iba vestido de riguroso negro, camisa y pantalones de lino negro y una chaqueta que nuevamente le cubría las alas.
- ¡Tú! Me has envenenado y ahora quieres volver a hacerlo. No tomaré ni una cucharada de ese caldo, ahora mismo me voy de aquí. -Intenté levantarme, pero comprobé que no iba a ser posible. Manolo se echó a reír.
-Me temo que aún tienes los músculos algo débiles amada mía. Siento haberte envenenado y siento tener que decirte que ya no podrás salir de aquí. – Se sentó en una silla que había al lado de la cama y dejó la taza de caldo en la mesita. Acercó su mano para retirarme el cabello de la frente, pegado por el sudor, pero se la aparté lo más rápido que pude.
Me miró con expresión condescendiente y una leve sonrisa se perfiló en sus labios finos, como dibujados a pincel.
-Tú y yo no somos tan diferentes como piensas. Ambos convivimos con la soledad, engañados por aquellas personas a las que amamos, pero aún así no nos rendimos y salimos a la búsqueda de un nuevo amor. ¿No es así?- Hizo un largo suspiro, se levantó de la silla y miró por la ventana. –Ayer mismo, cuando te vi vagar por estas calles, supe que eras tú. Tan triste, tan desolada, y aquel grito, ese llanto amargo, tus ojos, tu piel, tan frágil… Michelle yo…-Se giró hacia mí y me miró a los ojos.- ¿cómo pudiste engañarme? ¿Qué te hice yo?
- ¿Michelle? Yo no soy esa tal Michelle, me llamo Ángela.
- Michelle, Ángela, distinto nombre, mismo espíritu. En el incendio que provoqué aquella noche que encontré a Michelle con otro, su espiritú voló a lo más alto y yo me quedé encerrado aquí para siempre, sin poder volar junto a ella.-un gato negro ronroneaba a sus pies, metió una mano en el bolsillo del pantalón y se agachó para darle de comer al minino. Se pusó en pie y se dirigió hacia mí.- Hoy estoy buscando una compañera que me ayude a sobrellevar la soledad eterna a la que estoy condenado. No la hube encontrado hasta ayer. Eres la reencarnación de Michelle y parecen que los años jamás hayan pasado. Estás aquí para toda la eternidad, vagando conmigo y con Carola y con todas las personas que vinieron al VINO Y VERSOS y murieron en aquel incendio, hace ya quince años.

– ¿Quince años?-Repetí.- Estás… estás muerto. Tú y todos los que ayer estuvieron aquí, ¿sois muertos vivientes?
-Preferimos llamarnos almas en pena, intranquilas porque todos, aquel fatídico martes, dejamos cosas pendientes que hacer en nuestra vida.
-Pero yo estoy viva, yo soy real, yo tengo muchas que cosas que hacer todavía.
-Me temo que no cariño mío, tú estás tan muerta como nosotros. Mantienes la frescura en la piel, pero eso no tardará mucho en desvanecerse. Tu alma está muerta, maldita, deshecha en jirones. La gente que es feliz no llega a ver este local. En su lugar creo que hay una pastelería con bollitos de crema que huelen a gloria bendita.

Intenté procesar toda la información en mi cabeza. Aun no sabía si estaba soñando o todo aquello era cierto.
-No estás soñando amada mía.
-¡Deje de llamarme así! ¡Yo no soy nada suyo! ¡Déjeme salir de aquí, quiero salir de aquí!


Una voz canturreaba una canción y sin llamar entró en la habitación.
-Hola bella durmiente, ¿cómo te encuentras?-Dijo mirándome, aunque acercándose a Manolo y besándole en los labios. Era Carola. -¿Ya lo sabe no?- Manuel asintió.
-Que te parece, pasar toda la eternidad juntas… a todo se acostumbra una, no creas. Poco a poco empezarás a entender que todo lo de ahí fuera, eso que llaman vida, no es vivir. Esto es vida, eterna. Siempre serás joven y no tendrás una sola arruga que marque tu edad. Vivirás tanto de día como de noche y harás siempre lo que te apetezca.
-¡A mi me apetece salir de aquí! –inquirí.
Carola y Manuel se miraron.
-Te quedarás. –Dijo Manuel solemne, el gato negro salió huyendo de la estancia. -Esto es VINO Y VERSOS, todo el que entra, no sale. Ve despidiéndote de todos tus recuerdos, aquí no te hacen falta.- Con un gesto leve de cabeza incitó a Carola a marchar de la habitación con él.- Dentro de un par de días te encontrarás mejor. Hasta entonces.

Los primeros días transcurrieron con lentitud. Fuera, volvía a llover y todo parecía estar con la misma calma con la que abandoné mi mundo real. Ahora todo eso ya ha cambiado.
Con el paso del tiempo aprendí que VINO Y VERSOS era algo más que una tasca, un garito, un local, un bar o una gruta. El VINO Y VERSOS era una nueva vida para todos aquellos que no encuentran su sitio en el mundo externo y su alma pide a gritos algo diferente, un lugar donde encajar.
Un martes al anochecer, estaba repasando con Manuel un nuevo poema que no había salido a la luz.
-Estoy nervioso corazón mío, hace años que no recito nada nuevo. –Dijo apretándome con fuerza las manos.
- Los vas a impresionar, como siempre.- Sostuve sus manos y las besé. Alzó mi barbilla y me besó con afecto.
- Te quiero Michelle.
- Ángela cariño. Yo también te quiero. Ánimo.

Al bajar del escenario, pedí una copa de vino y avisté una mesa donde una joven se sentaba sola y miraba perpleja nuestro mundo. Con sigilo me senté a su lado.


-Hola ¿Eres nueva por aquí? No te había visto nunca.- Repetí las palabras que una vez dichas, me hicieron cautiva para siempre de VINO Y VERSOS.

sábado, 5 de julio de 2008

COMUNICADO

Queridos blogueros y a todos los que me leen:

Próximamente tendréis en LOS GIRASOLES el desenlace de VINO Y VERSOS.
Por falta de tiempo y porque tengo que hacer unos arreglos en el final del relato me he demorado.

GRACIAS A TODOS POR VUESTRAS VISITAS.

jueves, 3 de julio de 2008

VINO Y VERSOS (continuación)


EL POETA MALDITO (III)

El VINO Y VERSOS no parecía un mal lugar después de todo. A pesar de la mugre que podía llegar a tener, a mi me hacía sentir muy cómoda. La gente hablaba y reía abiertamente sin importarle para nada sus defectos o complejos, aquí todos eran iguales y por lo que me contaba Carola, nadie en ese garito llevaba buena vida. Estaba desde el alcohólico, hasta el putero, pasando por el ladrón, el drogadicto y el camello, el chulo, el corrupto… todo tipo de sabandijas con una sola cosa en común, el vino en grandes cantidades y los versos de sus poetas malditos.


- ¿Y toda esta gente puede pagar la entrada de diez euros? –Pregunté incrédula.- Parecen bastante pobres.
Carola se echó a reír.
- Ya conoces al ladrón.
Me sentí estúpida.
- Pues tiene una manera muy natural de robar a la gente.
- No te preocupes, haré que te lo devuelva. Me has caído bien y me gustas mucho.
Tragué saliva. Nunca en mi vida una tia me había dicho que le gustaba. ¿Qué quería decir con eso? ¿Sería la jerga que utilizan aquí para decir que caes bien? Yo por si acaso no quise profundizar más en el tema y me aparté un poco de ella.
-Tú también molas un montón.-Dije devolviéndole el manotazo en el hombro.

Momentos más tardes un foco alumbró el escenario que se encontraba enfrente. Una silla alta y un micrófono descansaban sobre las tablas de madera. El murmullo de la gente cesó y todos los que estaban de pie en la barra o ligando con la camarera, corrieron a sentarse en sus almohadones para disfrutar del espectáculo.
Carola me pasó el porro que estaba fumando. Yo no fumaba. No había fumado en mi vida, pero decidí que hoy, todo estaba permitido. Desde beber vino y lidiar con fantoches y ladrones hasta fumar porros.


En un susurro de voz Carola se acercó a mí para explicarme lo que sucedería a continuación. De cerca sus ojos me dieron miedo.
-Ahora sube a recitar mi poeta favorito. Es un hombre torturado por el desamor, todas las mujeres con las que ha estado le han sido infiel o le han sacado los pocos cuartos que tenía.
Un día conoció a una chica de veintitantos años, de piel blanca y largos cabellos negros, con unos ojos tan azules como los tuyos. Michelle se llamaba. Él le prometió que no la defraudaría, ella, que siempre le sería fiel. Michelle era diez años más joven que Manuel y ella no estaba preparada para una relación como la que el pedía. Michelle quería conocer carne joven y que todos los chicos se volviesen locos por ella. Hasta que una fatídica noche, al llegar al VINO Y VERSOS, Manuel se encontró a su Michelle con un apuesto joven que le hacía el amor con tanto deseo que… bueno, eso ya te lo contaré en otro momento.
Aun así, el siempre vuelve aquí cada martes lamiéndose las heridas, para hablarnos sobre lo que más añora y que siempre le hace daño: el amor.
Mi poeta maldito se llama Manuel Rubiales.

Un hombre con un cigarro en la boca y ordenando papeles, se sentó en la alta silla y se acercó el micrófono. Pidió que le bajasen un poco más el foco que le daba en los ojos y le deslumbraba. Con la luz más baja y adaptando su vista después, miró a todos los que habían en la sala. Saludó a un tipo que estaba sentado delante nuestro con los brazos en el aire. Por fin se decidió a hablar.

-Buenas noches-La gente empezó a chasquear los dedos en modo de respuesta, me quedé pasmada. -Veo caras nuevas. –decía una voz profunda que hacía temblar los corazones. Me quedé mirándole largo y tendido, no parecía ni borracho, ni putero, ni un maltratador de almas, aunque no había brillo en sus ojos negros, oscuros como la noche. -Bienvenidos a todos, si esta es vuestra primera velada espero que disfrutéis de ella. Si no lo es, ya nadie podrá salvaros.
Vítores y más chasquidos en la sala, me animé a chasquear quizás demasiado tarde, cuando todos habían enmudecido y preparaban sus oídos al deleite de aquel hombre. El poeta maldito me sonrió y noté el rubor en los carrillos. Carola me lanzó una mirada furtiva que esquivé dándole una calada al porro y tumbándome de espaldas y con los brazos extendidos en la moqueta.
-Hoy voy a recitar un poema que he titulado: Rigor mortis. –Más chasquidos.
No hizo falta que se aclarase la voz, para aquel poema no era necesario.

ABIERTAS LAS COSTILLAS,
QUEBRADAS DE ABRAZARTE
ROTA LA PIEL DE LOS LABIOS
GASTADOS DE BESARTE
Y BESARTE
A PULMÓN VACÍO.
LA LENGUA AGOTADA Y TENSA

DE JUGAR CON TU LENGUA INQUIETA.
LAS MANOS, VESTIDAS DE CARICIAS,
SACIADAS DE APRETARTE.
LA BOCA VICIADA DE TU BOCA,
DE TOMAR TU SALIVA ENVENENADA
CON ESTE DESEO MORTAL
EFÍMERO, ETERNO Y AMABLE…

Dolía el alma sólo de escucharle. Tuve que levantarme del suelo y chasquear sin más remedio. Tenía los ojos llenos de lágrimas y el vello de todo el cuerpo de punta. Aquel hombre recitaba con una pasión que no pasó desapercibida para mí.
Siguió así, recitando versos hasta pasada la media noche, bebiendo vino y fumando incansablemente. Siempre cubierto por un halo de humo azul.
El foco se apagó, Carola ya no estaba a mi lado y la gente comenzó a levantarse en silencio y a irse. Me quedé sentada mirando a todos y sin ganas de irme, yo estaba bien allí, para qué abandonar tan pronto el VINO Y VERSOS.
El camarero de fornidos hombros que me atendió anteriormente, venía del escenario y se dirigía hacía mí.
-El señor Rubiales desea conocerla.
Me quedé mirándole y asentí, yo también quería conocerle. Apuré de un sorbo la copa de vino y me dirigí al escenario, pero allí no había nadie, sólo la densa nube de humo azul que Manolo había repartido generosamente por toda la sala. Detrás de las cortinas alguien tiró de mí y me llevó hacia dentro.

martes, 1 de julio de 2008

VINO Y VERSOS (continuación)


VINO Y VERSOS (II)

Una vez hubo cerrado las puertas, una pegajosa humedad la invadió por completo. Aquello tenía más pinta de gruta que de un recibidor, no tenía ni idea de donde se había metido. Observó que a ambos lados de la pared colgaban cuatro antorchas prendidas, que iluminaba el trayecto hasta una sala contigua de la que procedían unos barullos controlados.
Estaba decidida a averiguar qué era aquel extraño sitio, tragó saliva y cuando empezó a caminar su vestido se había enganchado a algo. Una pequeña mano la agarraba por la falda y tiraba de ella. Asustada, soltó un grito involuntario. La persona que la retenía salió a la luz mostrando su rostro.
- La entrada a este local son diez euros bonita.
Era un tipo pequeño y malformado con una voz muy grave para su estatura y al que le faltaban la mitad de los dientes. Tenía un brazo más grande que el otro, pero era el pequeño el que sujetaba mi vestido.
-Sí claro, tome.- dije temblando.- Me había asustado usted.
Una sonrisa torcida de satisfacción se le dibujó en el rostro. Seguramente no era la primera vez que se lo decían.
- Buenas noches.-Dijo ya de espaldas y perdiéndose en la oscuridad.

Una cortina de cristalitos de colores la separaban de conversaciones lejanas y entretenidas. Atravesando las lágrimas coloreadas que colgaban de largos hilos que rozaban el suelo, paseó su mirada por la estancia quedando totalmente perpleja. El local, de paredes empapeladas de un rojo burdeos estaba casi en penumbra, unas pequeñas lamparitas naranjas y verdes con velas encendidas en todas las mesas, eran las encargadas de proporcionar a la sala un clima cálido y acogedor. Las mesas eran bajitas y la gente estaba sentada en la moqueta o en cojines y almohadones de color granate con bordados dorados. Avisté una mesa solitaria a la izquierda de la sala, estaba cerca del escenario y allí decidí sentarme. Una vez acomodada, llamé al camarero con un gesto de la mano. Era un hombre de piel morena y de rasgos duros con unos hombros extraordinarios.
- Hola, ¿eres nueva por aquí? No te había visto nunca.-Decía una voz a mi lado.
Era una chica desaliñada en su aspecto físico, llevaba el pelo enmarañado y sucio, unos pantalones negros roídos que no le hacían justicia y una camiseta gris de manga corta sin sujetador, masticaba chicle y olía a sudor y a sexo. Había algo raro en ella que parecía tener dos caras, una más dulce y delicada, mientras que la otra era algo más sombría. Un escalofrío me recorrió la espalda.
-Sí, es la primera vez que vengo. No tiene que llevar mucho tiempo abierto este garito, porque nunca lo había visto.
-Si, ya…
En ese momento el camarero, se acercó a nuestra mesa y mirándome me preguntó, sin mediar palabra alguna qué iba a tomar.
- Una copa de vino por favor.
- Para mí un GinTonic, pero me exprimes el jugo del limón en el vaso, y le quitas la rodaja, que me gusta sentir el hielo rodar por mis labios.- Le dijo acercándose a la lamparita y guiñándole un ojo.
El camarero se la quedó mirando y luego se retiró a la barra.


Entonces me di cuenta, aquella muchacha tenía un ojo de cada color. El derecho era de un verde intenso y vivo que le dulcificaba el rostro, mientras que el izquierdo de color oscuro le daba un aire siniestro.
- Y bien, qué te trae por aquí, este no es un buen lugar…-Dijo mirando mis vestimentas y encendiéndose un porro.- para alguien como tú. No sé, se te ve sana y limpia. Por cierto me llamo Carola.
- Hoy he descubierto a mi novio pegándomela con otra tía en la cama y salí corriendo a la calle cuando encontré este local. Me llamo Ángela.
-Vaya qué desastre Ángela, me gustaría decir que es una pena, pero no lo es. Y de eso ya te darás cuenta con el tiempo.-Me comentó propinándome un manotazo de ánimo en el hombro.- Pues aquí no tienes porqué preocuparte. Creo que has venido sin querer al mejor sitio que podías encontrar. Esto es algo más que un bar, un garito, o cómo quieras llamarlo. Esto es VINO Y VERSOS, aquí la gente viene a relajarse, a dejar los problemas aparcados por unas horas y disfrutar de la poesía prohibida que encierran nuestros poetas malditos.
Cortando el hilo de misterio con el que Carola tejía la historia, apareció el camarero con una bandeja de madera dejando las bebidas en la mesa.
-Son cuatro con ochenta.
Desvié la mirada a aquella muchacha que le enviaba besos y corazones de humo al joven. Saqué cinco euros.
-Quédate con el cambio. –Le dije.
Cogió el billete y se lo guardó en el bolsillo central del delantal, luego le sacó el dedo anular a mi compañera de mesa y se fue.

Carola se acercó a la mesa de forma confidente:
- No te alarmes, era mi novio. Tiene un buen culo ¿eh? Sí, si que lo tiene.
Le dejé cuando unos tipos duros le cortaron la lengua. No está bien ir largando más de la cuenta, se lo tenía bien merecido el muy capullo. Bueno y porque el sexo ya no era lo mismo.-Dijo sin remordimiento alguno posando los labios en su vaso para beber un trago.

VINO Y VERSOS



EL VIGÍA (I)

Las estrechas calles del barrio del Borne se oscurecieron casi sin esperarlo. Algunas nubes, con propósito indefinido, colapsaban el cielo estival.
Después del calor de la tarde, un hombre de mediana edad que ha pasado el sofoco del sol en casa, sale al balcón y enciende un cigarro, mientras una brisa ligera le pasa rozando las rodillas desnudas. Abajo, en la calle, ve pasar una muchacha años más joven que él, en silencio la observa.


Para Ángela su vida sentimental había fracasado de una manera estrepitosa. Después de la infidelidad de su pareja y herida su autoestima, pasea confundida de regreso a casa. De sus ojos azules unas lágrimas negras colorean sus mejillas como unas acuarelas, sombreando sus ojeras y dando paso a un rostro líquido
Las primeras gotas de lluvia no tardaron en dejarse sentir, prosiguió la marcha a paso ligero, apoyándose con un brazo en la pared, mientras gimoteaba desconsolada. Notaba que perdía el equilibrio, sentía náuseas y que, a su alrededor, el mundo no paraba de girar y girar, dando vueltas entorno a ella, mientras que ésta, inmóvil, no conseguía despegar los pies del suelo para rotar como los demás.
La ciudad tembló al escuchar tronar el cielo y el barrio del Borne se estremeció al sentir el grito de lamento que Ángela había dejado escapar de su garganta. Arrodillada en el suelo rompió a llorar amargamente, sujetándose el pecho con los brazos cruzados y cerrando sus manos en un puño.
Una luz se iluminó sobre su cabeza, como si estuviera bendita. La lumbre no era otra que el de un pequeño farolillo de hierro negro forjado, con unos cristales muy gruesos de un color amarillento que custodiaba una enorme puerta de madera. Desarmando poco a poco su cólera, fue abriendo los puños descubriendo las palmas de sus manos ensangrentadas, se levantó y su cabeza fue a chocar con una piedra que sobresalía de la pared. Puso las manos bajo la lluvia para examinar las marcas de sus uñas en la piel. Se alisó el vestido y se recogió el cabello en un moño, se enjugó las lágrimas y dio un paso atrás.
Justo debajo del farolillo, que alumbraba el portón de madera, había un tronco abierto por la mitad y por su parte más blanca y en letras negras que parecían bailar vals, se leía:
VINO Y VERSOS.


¿Qué era aquel sitio? Había pasado por esa calle cientos de veces, y nunca había visto aquel lugar. Algo, detrás de esa puerta, la incitaba a entrar, notaba una ligera atracción a la que no quería contenerse. Buscaba un llamador, pero al no dar con ninguno, empujó suavemente la puerta que cedió con un crujido ante ella. Miró a su izquierda, luego a su derecha, no había nadie en la calle, ni un alma intranquila que vagase por esos parajes. Agarrando con fuerza una cruz de plata que colgaba de su garganta cruzó el umbral.
Fuera, la calle seguía desierta, con su lluvia. Un gato negro, que se refugiaba del agua bajo una cornisa, se lamía una de sus patas delanteras, hasta que una colilla le alcanzó y salió corriendo calle abajo.
El hombre que la vigilaba, desde un puesto más alto, había lanzado el despojo de su cigarro a la calle y poco después abandonó el balcón.