Una vez más he sobrevivido a la muerte oscura que es la noche y he visto renacer un nuevo día al alba. Alba que ha amanecido tan oscuro como la propia noche.
Un gris acuoso se cernía sobre el cielo de Barcelona, dejando pequeñas neblinas en lo más alto del cementerio de Montjuïc y regando tristeza en toda la ciudad.
Se había pasado toda la noche lloviendo esporádicamente, esa lluvia finita que parece que no, pero empapa, y en cierto modo, tanto me daba ya mojarme un poco más, pues tenía toda la ropa húmeda. Cogí mi bicicleta, mis cascos y puse rumbo a Hospitalet.
La verdad, estaba cansada de haber trabajado toda la noche y ver que el tiempo no acompañaba me daba pereza llegar hasta mi casa, pero a mitad de camino, cuando ya estaba saliendo del puerto, se puso a llover.
Pero no me rendí, seguí pedaleando con más ganas aún, incluso el pequeño tramo de autovía por el que tengo que pasar cuesta arriba lo superé con grandiosa agilidad. Sentía los pantalones mojados en mis muslos, la camiseta de manga corta pegada a mi pecho, el pelo chorreando hasta mis hombros y el agua resbalándome por la cara.
Luego todo fue cuesta abajo, la pequeña brisa que se producía en mi bajada me alborotaba el pelo y mi respiración agitada iba en descenso, entonces me dio la risa.
Hice una parada en la zona franca cerca de una casa de automóviles, alcé el cuello hacia arriba, abrí la boca queriéndo atrapr todas las gotas de agua y con las manos me eché el pelo hacia atrás. Un hombre que trabajaba en la obra se acercó a mí y me ofreció su chubasquero, me asusté un poco, pero lo rechacé de buen grado y proseguí mi camino.
Me sentía viva y me sentía con ganas de hacérselo saber a todo el mundo, me estaba mojando, había trabajado toda la noche, el día era gris, pero me sentía feliz, algo bonito explotaba dentro de mi pecho, una gran emoción emergía de mi interior y no sabía cómo pararla. Me puse a cantar, más bien a chillar, a mover los brazos, las piernas… y la música que entraba por mis oídos me embotaba la cabeza de buenos ritmos (Escuchaba Facto Delafé y las flores azules)
Por supuesto hay lluvias y lluvias, no es lo mismo una tormenta en pleno invierno, soplando el poniente y con un frío que pela a -4 o -5 grados, que una tormenta de primavera a 18º, sin viento y oliendo a flores por casi todo el camino, no es lo mismo.
Fue al entrar en Hospitalet cuando la lluvia cesó y con ello gran parte de mi alegría, no quería que ahora que estaba a punto de terminar mi camino la lluvia parase, deseaba con todas mis ganas que siguiera lloviendo, pero con las ganas me quedé.
Entonces me fijé en la gente, que me miraba de una manera extraña. Desde luego no era para menos, cuando llegué a casa me puse en el punto de vista de los demás, un chica joven las ocho y media de la mañana, con unos pantalones verde hierba y un chaleco reflectante amarillo, mojada de pies a cabeza, gritando por la ciudad con los pelos de loca y pedaleando bajo la lluvia. Escapada de un psiquiátrico por lo menos, incluso yo lo pensaría de mí. Pero dejé los prejuicios para ellos y yo me quedé con mi emocionante y pasado por agua trayecto en bicicleta.
Ahora estoy en el sofá, recién duchada con la toalla todavía en la cabeza y desayunando un bol de cereales con chocolate (que bien merecido lo tengo) he abierto un poquito la ventana para dejar entrar los olores de las flores que desprende la casa-jardín de al lado. Y en estos momentos pienso que el ser humano es extraordinario, pienso que a veces yo también soy extrañamente extraordinaria y que hasta yo misma consigo sorprenderme una vez más.
Son las 9.56 y hoy no me pienso dormir sólo porque tenga que hacerlo, voy a dormir sólo cuando tenga ganas de soñar, mientras tanto seguiré aquí, abrazada a mi cojín de lunas y estrellas mirando por la ventana cómo llueve.
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